Sobre la libertad de expresión y el libre ejercicio de la vileza

No hay derecho que más nos guste reivindicar ante la parroquia que el de libertad de expresión. Cuando localizamos en alguien cierto afán de protección de esta libertad, ha cometido algún exabrupto y aspira a obtener redención al amparo del derecho de marras.

El justo nunca necesita justificarse, el mezquino aprovecha cualquier subterfugio para difundir su odio.

El arquetípico defensor de la libertad de expresión, además, tiene espíritu de censor y talante impostado. Pretende definir los límites del ejercicio de la palabra, y del verbo. Su condición totalitaria se disimula, y normalmente duerme tranquilo.

Esta semana hemos conocido la anulación de la sentencia que nuestro Tribunal Supremo impuso al puericantor César Strawberry (Def Con Dos), condenado por enaltecimiento del terrorismo y humillación a las víctimas. En un insobornable acto de valentía, Strawberry, el niño fresa de la tontería, emitió vía Twitter las siguientes declaraciones:

“El fascismo sin complejos de Esperanza Aguirre me hace añorar hasta los GRAPO”

Otra característica del fascista es que suele llamar fascistas a los demás. Obviamente no sabe lo que es el fascismo. Es un ignorante, y no domiciliario, sino con balaustradas a la calle. Pero no se lo vamos a enseñar, no es útil predicar en el desierto.

“Franco, Serrano Suñer, Arias Navarro, Fraga, Blas Piñar… Si no les das lo que a Carrero Blanco, la longevidad se pone siempre de su lado”

“Cuántos deberían seguir el vuelo de Carrero Blanco”

¿Cuántos? Podría haberlo aclarado, para delimitar el alcance de su enfermiza mentalidad.

“A Ortega Lara habría que secuestrarle ahora”

Ahora, habría que secuestrarle, dice el César. Ahora es un fascista, dice el fascista.

Pero no se preocupen, cuando esto se discute, ad extra, ante los ojos ajenos a su mundo sectario de liturgia comunista y aquelarres contra la gramática española, tienen otro argumento: “esto se encuadra dentro de los límites del humor”. El instrumento acomodaticio para deslizar sus improperios viene a ser el humor. Y este payaso no tiene gracia.

Libertad de expresión

El artículo 20 de nuestra Constitución viene a consagrar nuestro derecho a la libertad de expresión:

  1. Se reconocen y protegen los derechos:
  2. a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.
  3. b) A la producción y creación literaria, artística, científica y técnica.
  4. c) A la libertad de cátedra.
  5. d) A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. La ley regulará el derecho a la cláusula de conciencia y al secreto profesional en el ejercicio de estas libertades.
  6. El ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa.

Este derecho, también positivizado en el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, no habilita la libre emisión de improperios o incitación al terrorismo. No protege a quienes deseen la muerte, ni de broma. Pero también es cierto que el derecho, cuando se entrevera con indeterminaciones susceptibles de interpretación, no puede tender a la censura. En este caso: in dubio pro cretino.

Es por ello que, ciertamente, constituye un ejercicio de tolerancia para los demás convivir con viles, incluso con aquellos que pretenden atropellar nuestros derechos, como el de libertad de expresión. Ellos no dudarán en aplicar su censura.

Es muy difícil acotar jurídicamente qué supone una incitación o enaltece conductas reprobables. Es entendible la anulación de la sentencia.

El ejercicio de la libertad de expresión conlleva, en ocasiones, el libre ejercicio de la maldad. Pretender controlar el cariz moral de los individuos es un ejercicio que se extralimita del derecho. La oportunidad que nos brindan los extensos límites de la libertad de expresión es poder señalar a viles y tener la oportunidad de reprobar moralmente al mezquino.

Y únase a los autos de su razón.

Pablo Capel Dorado.